“Quiero que mis hijos me recuerden como una luchadora”

“Quiero que mis hijos me recuerden como una luchadora”

Jacqueline junto a una parte de sus hijos. | Fotografo: Ricardo Hernández
Regidora y ex-trabajadora sexual •Jacqueline Montero
Frente a mí, un letrero anunciaba la celebración de un encuentro por los derechos de las trabajadoras sexuales. La esperaba. “Jacqueline salió un momento, pero regresa en cinco minutos”, respondió la secretaria. “Me dijo que por favor no se vaya”.
“¿Quiere un café?”, preguntó otra mujer. “No, gracias”, contesté.
La miré mientras se alejaba por un largo pasillo. En otro momento aquel lugar era un apartamento familiar. Ahora, son las oficinas del Movimiento Mujeres Unidas (Modemu), una asociación que vela por los derechos de las trabajadoras sexuales.
“¿Karla? ¡Hola! Perdona la tardanza. Tuve que hacer unas diligencias”, se disculpó Jacqueline Montero, presidenta del movimiento. “Comencemos”, continuó casi de inmediato. Sonreí. “¿Lista?”, pregunté. “Siempre”, respondió con una sonrisa aún más grande.
“¿Cómo es la vida de una trabajadora sexual y madre?”, cuestioné. “Igual que la de todo el mundo. En el día uno hace su vida normal. Se despierta más tarde, porque casi siempre el trabajo es nocturno, y la mayoría inscribe a sus hijos en la escuela de tarde. De chiquitos, ellos no saben en qué uno trabaja. Cuando crecen es que se dan cuenta”.
“¿Cuántos hijos tienes?”, volví a preguntar. “Míos son tres, pero he criado a muchísimos. Me gustan los niños, sobre todo las hembras”. “¿Y ellos saben en qué trabajas?”, cuestioné sorprendida. “En qué trabajaba, mejor dicho. Hace quince años que lo dejé. Pero sí, ellos lo supieron. Recuerdo que al chiquito le preguntaron que si él era el hijo de la cuero… Pero a pesar de todo me ha ido bien. Tengo a mis hijos, que los amo y me aman, mi casa, mi negocio, soy regidora, y aspirante a diputada por Haina. Sé que todo tiene un propósito. Si no me hubiera pasado todo lo que he vivido, no podría decirles a las muchachas: pueden dejarlo, porque yo lo hice”.
Asentí con lentitud. Frente a mí, el letrero desapareció. Lo sustituyó una madre de extraordinaria fuerza.

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